Tomo la figura de la Banda de Moebius. Me ayuda una hoja del calendario de Escher que tengo en mi escritorio.
No se trata sólo de movimientos sincronizados. Hay que transformar la coreografía en un juego de equipo, en una conversación sin palabras. Intercambios de miradas en un cruce en el espacio.
Muevo un brazo sentada en mi escritorio, para intentar reproducir la sensación y explicarla. No es un movimiento mecánico, es el aire lo que está en juego.
Esto toca lo más personal, lo más simple: se trata de respirar. Tomar aire, soltar el aire… y allí el movimiento deja de ser mecánico y el interior-exterior son la misma cosa. Se ve suelto y seguro.
Cuando uno habla también está en juego el cuerpo y se trata de respirar, de modular cuando se suelta el aire, cuando se toma aire, para establecer las pausas.
En el silencio forzado, se retiene el aire. Quedar estático: retener el aire. No hablar. No moverse.
El aire rodea el cuerpo, tiene una cierta densidad.
El cuerpo se expande, cuando soltamos el aire y se contrae cuando lo retenemos. Y sin embargo no es sólo eso. La máxima expresividad del movimiento, está en la fantasía inconfesada en que uno piensa en el instante en que baila. Cuando ya no se recuerda la coreografía que se está ejecutando. Un trabajo monumental, concentrado en un instante… La repetición de la serie está en juego. Ciento cincuenta veces lo mismo, hasta que se olvide y surja algo nuevo.
Atrapar por un momento y descubrir la esencia del perfume. El sonido también se sirve del aire. Viaja y hace vibrar el cuerpo. La música sugiere la calidad del movimiento, los cortes, la fluidez, la gracia, el estilo. Se baila con “lo que uno es.
La belleza de las cosas tontas. Dos de ellas: las burbujas de jabón y el aliento, que se puede ver en una mañana fría de invierno. El aire y otra vez, el aire.

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