Si no supiera la edad que tengo algunos días me levantaría, me pondría el guardapolvo y saldría a caminar una mañana de invierno, hasta la escuela. Jugando a formar vapor con la boca y tragando un frío húmedo en el camino. Otros días parezco una anciana como mi bisabuela. Chiquita y sabia. (¡Sabia, sólo ella!) Todo previsto, hasta el día de su muerte. Heladera llena, todo resuelto. Un día me dijo algo que ya no recuerdo con exactitud, no sabía como había llegado hasta ahí. Como su cuerpo se había convertido en esto, tan envejecido… Si no supiera la edad que tengo… hay días en que no me acuerdo y me manejo en un estado de juventud que me invade. Entreno, y trato de hacer las pruebas más difíciles, que por supuesto no me salen, pero lo considero falta de habilidad y nada más. ¿Qué verán los otros? Es algo que me intriga. Quizás a una vieja loca, quizás no imaginan mi edad. La edad es cosa del documento y de las edades arqueológicas. Intento no convertirme en un descubrimiento arqueológico. Trabajo duro, lucho contra eso, me mantengo despierta. La competencia es dura, es contra uno mismo, contra el paso del tiempo. Cada vez va más rápido. ¿Cuánto es mucho tiempo? ¿Son dos, son cinco, diez o quince? Últimamente me sorprendo cuando cuento veinte y ya era una persona adulta. Quedan algunos recuerdos intactos y cuando los quiero fechar sólo tenía dos o tres años. ¿Ya era quién soy? ¿Lo esencial ya estaba? A veces pienso que era la misma y que pensaba con los mismos pies que ahora, con los que habían caminado una vida decorosa. Tampoco crecieron tanto… Con pies descalzos caminé por el pasto húmedo, por la arena, por el piso de mi casa. Lo primero que dejó de crecer de un cuerpo adolescente y lo último que envejece. Mis pies no tienen mi misma edad, caminan por su cuenta.

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