
En el trabajo con parejas, siempre me sorprende lo mismo: la cantidad de “presupuestos” con los que cada uno llega sobre cómo debería ser la vida. Damos por sentado que el otro quiere lo mismo, pero cuando empezamos a preguntar por el camino a futuro, los mapas no coinciden.
Desde cómo organizar la casa o los proyectos laborales, hasta el deseo (o no) de tener hijos. A veces, simplemente, nunca se sentaron a conversarlo.
Muchas veces el acuerdo está en el “qué”, pero el conflicto estalla en el “cuándo” o en el “cómo”. En las sesiones, vamos destrabando esas zonas de silencio. Mi rol no es imponer ideas propias, sino abrir caminos, lanzar preguntas e imaginar soluciones juntos. Se trata de empujar un poquito donde la cosa está trabada para que aparezca, aunque sea, un pequeño movimiento.
El marco de la sesión funciona como un refugio: un lugar para apaciguar las rivalidades y animarse a plantear temas que, en casa, terminan en escaladas de gritos o silencios eternos. Al final del día, se trata de eso: de despejar el ruido para que aparezca la posibilidad de construir un proyecto real y un presente más acorde.













